En la antigüedad había un vinculo misterioso entre el árbol y el cosmos, ambos imágenes de un centro ubicuo en torno al cual giramos, un mapa psíquico y arquetípico.
El árbol, como las estrellas, es visto como un ancestro (un abuelo) y de igual manera como el sustento y suministro (techo y fuente): las estrellas en la visión cosmogónica de las antiguas tradiciones son origen; hogar de los dioses pero también de aquello que no creó y, como sabemos, hoy de la sustancia misma que nos anima, ese polvo de estrellas y ese núcleo en el que se forman los elementos con los que se agrupa nuestro cuerpo y conciencia.
Al igual que la rueda de las estrellas es un lenguaje, los árboles son un alfabeto, como ocurre entre el chamanismo druida.
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